Recibió múltiples premios en años consecutivos. Su arquitectura fue destacada como edificio del año en 2017; sin embargo, en la Capilla San Bernardo no se ofician misas ni hay mayor actividad que la claridad del sol que asciende y desaparece poco a poco entre sus paredes. Ubicada al este de la provincia, esta magistral obra navega las profundidades de un monte de árboles, a merced de la naturaleza que impone sus condiciones.
El palacio más lujoso de Argentina: una obra de 140 habitaciones que su dueño nunca pudo habitarAl oriente de la jurisdicción cordobesa, en un templo donde los límites no los imponen las campanadas ni los rituales religiosos tienen hora de comienzo o final, la voluntad del astro rey se impone, convirtiéndose en parte de un diseño que se sirve del entorno. En la localidad de La Playosa, en el departamento General San Martín, se ubica esta ermita que surge en los límites de la vastedad del campo y el cúmulo de especies forestales.
Capilla de San Bernardo, la religión al servicio de la naturaleza
La Capilla San Bernardo es un verdadero ícono de la construcción moderna. Fue premiada en numerosas ocasiones en concursos nacionales e internacionales desde su edificación, concluida en 2015. Bautizada en conmemoración al santo patrono de la localidad que la acoge, la obra de Nicolás Campodónico —llamada también “Capilla de luz”— se ofrece a la inmensidad del cielo y el campo sin energía eléctrica, agua o algún tipo de servicio.
El proyecto comenzó con el reciclaje de una antigua casa rural y los corrales que ocupaban el sitio. Esos ladrillos centenarios fueron utilizados en el levantamiento del oratorio en dirección a la puesta del sol para captar la iluminación natural.
El ritual de la sombra: una dimensión cósmica
Dispuesta hacia los tiempos solares, dentro del recinto es donde ocurre lo impensado. A través de un orificio, el edificio capta el resplandor natural y en su espacio interno se reconstruyen los pasajes bíblicos de camino al Gólgota. Un palo vertical y otro horizontal se disponen por separado y son proyectados hacia el corazón de la obra. Como resultado, todos los días, durante todo el año, la sombra de los maderos se desliza por los muros curvos, culminando su recorrido superpuestos uno con el otro.
De acuerdo con un artículo de la revista A y C de arquitectura, aquella disposición de vigas lleva a la concreción de la crucifixión en un sentido ritual, que se repite con el paso de las horas. Como se menciona en la tradición religiosa, Jesucristo solo cargaba con el madero transversal sobre su espalda en su camino al Gólgota. Conceptualmente, el martirio se concreta con la reunión de ambos elementos para formar la cruz. Diariamente, las siluetas de los palos recorren por separado el trayecto necesario, tal como fuera el “Vía Crucis”, para finalmente encontrarse y conformar la efigie, ya no simbólica, sino un emblema ritual donde la pasión vuelve a ocurrir cada día a partir del sol, comprometiendo una dimensión cósmica.